El genio mentiroso o los siete espejos del alma

Charles Brulhart, Metafora.ch

Había una vez un joven príncipe que encontraba que la gente a su alrededor era mala y egoísta. Habló de ello un día con su tutor que era un hombre sabio y prudente, y le dio un anillo al príncipe.

-Este anillo es mágico. Si le da vuelta tres veces, un genio aparecerá. Sólo tú lo verás. Cada vez que estés insatisfecho con la gente, llámalo. Él te aconsejará. Pero cuidado: este genio no dice la verdad si no le crees. Constantemente intentará engañarte.

(Photos.com)

Un día el príncipe montó en cólera contra un dignatario de la corte que había actuado en contra de sus intereses. Le dio tres vueltas al anillo. Inmediatamente, apareció el genio.

-Dame tu opinión de las acciones de este hombre, dijo el príncipe.

-Si hizo algo en tu contra, es indigno de servirte. Tienes que despedirlo o someterlo.

En ese momento el príncipe recordó las extrañas palabras de su preceptor.

-Dudo que me digas la verdad, dijo el príncipe.

-Tienes razón, dijo el genio, trataba de engañarte. Por supuesto, puedes someter al hombre, pero también puedes aprovechar el desacuerdo para aprender a negociar, hacerle frente y encontrar soluciones que satisfagan a los dos.

Un día de viaje por la ciudad con algunos compañeros, el príncipe vio una gran multitud alrededor de un predicador. Escuchó un momento el sermón de este hombre y quedó profundamente conmocionado por las palabras que contrastaban brutalmente con sus convicciones. Llamó al genio.

-Según tú, ¿Qué debo hacer?

-Hazlo callar o vuélvelo inofensivo, dijo el genio. Este hombre defiende ideas subversivas. Es peligroso para ti y tus súbditos. Eso me parece justo, pensó el príncipe. Peo puso en tela de juicio lo que dijo el genio.

-Tienes razón, dijo el genio, mentí. Puedes neutralizar a este hombre. Pero también puedes analizar sus creencias, preguntarte por tus propias certezas y enriquecerte con las diferencias.

En el cumpleaños del príncipe, el rey dio un gran baile, donde fueron convidados reyes, reinas, príncipes y princesas. El príncipe se enamoró de una bella princesa a la que no dejaba de ver y en repetidas ocasiones invitó a bailar sin atreverse a declararle su amor. Otro príncipe la invitó también. Nuestro príncipe sintió unos celos profundos. Entonces llamó al genio.

-Según tú, ¿Qué debo hacer?

-Es un sinvergüenza, replicó el genio. Quiere quitártela. Provócalo a un duelo y mátalo. Sabiendo que su genio siempre le tomaba el pelo, el príncipe no le creyó.

-Tienes razón, dijo el genio, estaba tratando de engañarte. No es que no puedas soportar al hombre, son los demonios de tus propios temores que se despiertan cuando viste al príncipe bailar con la princesa. Tienes miedo de que te dejen, te abandonen, te rechacen. Tienes miedo de no estar a la altura. Lo que despierta en ti en estos momentos difíciles revela algo acerca de ti mismo.

En una reunión del Gran Consejo del reino, un joven noble audaz criticó muchas veces al príncipe y le reprochaba su forma de gestionar ciertos asuntos del reino. El príncipe quedó clavado en su sitio frente a estos ataques y no supo que decir. El otro continuó sin cesar, y otra vez el príncipe se quedó mudo, con rabia en el corazón. Llamó al genio y le preguntó.

-Quítale sus títulos de nobleza y sus tierras, respondió el genio. Este hombre trata de rebajarte ante los consejeros reales.

-Tienes razón, dijo el príncipe. Pero cambió de opinión y recordó que el genio le mentía.

-Dime la verdad- prosiguió el príncipe.

Voy a decírtelo, respondió el genio, incluso si no te gusta. No son los ataques de este hombre lo que te disgustó, sino la impotencia en la que te encontrabas y tu incapacidad para defenderte.

Un día en una posada, el príncipe vio a un hombre encolerizado terriblemente, rompiendo mesas y sillas. Él quería castigarlo. Pero por primera vez pide consejo al genio.

-Castígalo, dijo el genio. Es un hombre violento y peligroso.

-Me engañas otra vez, dijo el príncipe.

-Es cierto. Este hombre hizo mal. Pero si no puedes soportar su ira, es porque estás enojado y no te gusta estar en ese estado. Este hombre es tu espejo.

En otra ocasión, el príncipe vio a un comerciante que quería azotar a un niño que le había robado una fruta. El príncipe había visto al verdadero ladrón. Le quitó el látigo de las manos y estaba a punto de golpearlo cuando cambió de opinión.

-¿Qué pasa aquí?, dijo al genio. ¿Por qué esta escena me puso en tal estado?

-Este hombre se merece el látigo por lo que hizo, respondió el genio.

-¿Me dices la verdad?

No, dijo el genio. Has reaccionado con tanta fuerza porque la injusticia sufrida por este muchacho te recordó una injusticia similar que pasaste una vez. Esto despertó en ti una vieja herida.

Entonces, el príncipe reflexionó todo lo que el genio le había dicho.

-Si entiendo bien, dijo al genio, nadie me puede molestar, herirme o desestabilizarme.

-Entendiste bien, dijo el genio.  No son las palabras o acciones de otros lo que te molestan o no te gustan, sino los viejos demonios que se despiertan en ti en cada ocasión: Tus miedos, sufrimientos, tus defectos, tus frustraciones. Si lanzas un fósforo encendido en un frasco de aceite, se encenderá. Pero si el frasco está vacío o contiene agua, la mecha se apagará. Tu molestia frente a los demás es como un fuego que se enciende en ti y puede quemarte, consumirte, destruirte. Pero también puede iluminarte, forjarte, moldearte y convertir al otro en un aliado en el camino de tu transformación. Cada encuentro difícil se convierte en una confrontación contigo mismo, una prueba, una iniciación.

-Necesito saber algo más, dijo el príncipe. ¿Quién eres?

-Yo soy, también, tu reflejo en el espejo.

Charles Brulhart, www.metafora.ch enero 2004

 

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