Se define como el hombre más feliz que la ciencia haya estudiado: considerando la sonrisa serena del francés Matthieu Ricard, genetista molecular convertido en monje tibetano; se le puede creer.

Matthieu Ricard (Wikipedia)

Confidente del Dalai Lama, que renunció a todo para vivir en una ermita en el Himalaya, explica por qué la meditación puede alterar la función cerebral y suscitar la felicidad.

“Es una magnifica área de investigación, pues muestra que la meditación no es sólo un estado de beatitud bajo un árbol de mango, sino que cambia completamente el cerebro y por lo tanto lo que somos”, dijo a la AFP, con su túnica granate volando al viento.

Según el hijo trotamundos del filósofo Jean-François Revel, cualquiera puede ser feliz, es sólo cuestión de práctica.

Hace cuatro años, el neurocientífico Richard Davidson conectó 256 censores a la cabeza de Matthieu Ricard en la Universidad de Wisconsin, como parte de la investigación llevada a cabo en cientos de seguidores avanzados de la meditación.

Los estudios mostraron que mientras se medita, el cerebro del monje producía un nivel de ondas “gamma”, ligadas a la conciencia, la atención, el aprendizaje y la memoria, “nunca identificadas en la literatura de la neurociencia”, según el testimonio del Sr. Davidson.

Aptitud “anormal” a la felicidad

Los estudios médicos mostraron también hiperactividad a la izquierda de la corteza prefrontal en relación con la derecha, dando una aptitud “anormal” a la felicidad y menos propensión a la negatividad, según los investigadores.

La investigación de este fenómeno, conocido como “plasticidad neuronal”, está aún en pañales y Matthieu  fue de los primeros en participar en estos experimentos.

Desde el 2000, forma parte del “Instituto Mente y Vida”, que facilita los encuentros entre la ciencia y el budismo.

El Sr. Ricard es ahora uno de los eruditos religiosos más famosos en Occidente, no siempre caminó el sendero de la iluminación budista.

Creció entre personalidades y las ideas más creativas de los círculos intelectuales de París, rodeado de un padre libertario y una madre pintora, Yahne Le Tourmelin, especialista en acuarela abstracta.

“Almorzábamos en casa con Premios Nobel. Era fantástico. Algunos eran magníficos, otros muy difíciles.”

Fin de la paz

Cuando recibió su doctorado en genética celular en el Instituto Pasteur, en 1972, ya tenía una larga experiencia como científico, ya había viajado de vacaciones a Darjeeling,  al noreste de la India.

Huyendo de la vida privada y profesional, se trasladó a la India para estudiar el budismo. Veintiséis años después, vino la fama gracias a un libro de entrevistas con su padre: “El monje y el filosofo.”

“Fue el fin de la paz, porque fue un éxito de ventas. De repente tuve una amplia proyección en el mundo occidental. Luego, escribí otros diálogos con científicos y todo comenzó a tomar magnitud”.

“Estoy involucrado en la investigación científica y la ciencia de la meditación.”

Figura clave del monasterio Shechen en Katmandú, donde vive, divide su tiempo entre la meditación, la investigación científica y los viajes con el Dalai Lama, a quien acompaña desde 1989 a los países francoparlantes como asesor e intérprete.

Fuente: AFP