Cuando China tomó el camino del crecimiento económico, 200 habitantes dejaron el bucólico pueblo de Shuangxi, para ir a construir rascacielos y nuevas ciudades. Ahora, la cuarta parte de ellos están muertos, sus pulmones devastados por el polvo, y otro ciento espera la muerte. 

Xu Zuoqing y sus dos hijos el 29 de abril de 2013 en Shuangxi, provincia china de Hunan (afp.com- Ed Jones)

De regreso, en medio de arrozales y colinas boscosas, Xu Zuoqing camina algunos pasos frente a su casa, el rostro con muestras de dolor por el esfuerzo. Mientras trata de recuperar el aliento, su esposa se apresura a llevarle un taburete.

En poco más de 30 años, China ha conquistado el segundo lugar en la economía mundial, con un crecimiento de alrededor del 10% anual. Esto se logró gracias a la enorme cantidad de mano de obra barata proporcionada por los 230 millones de personas del campo, trabajadores migrantes, el “mingong”.

Las normas de seguridad, cuando existen, son letra muerta: los expertos estiman que ahora millones de chinos padecen de neumoconiosis, enfermedades pulmonares incurables que incluyen la silicosis de los mineros y la asbestosis de los trabajadores de amianto.

Las estadísticas oficiales chinas identificaron 676,541 casos, o sea el 90% de las enfermedades profesionales. Pero las ONG suman 6 millones, incluyendo más de un millón de muertos.

Las neumoconiosis no se detectan en años, hasta el punto que los trabajadores en las minas, canteras, fábricas y otros lugares permanecen allí hasta que ya no pueden trabajar, caminar ni respirar.

La enfermedad priva a las familias rurales de su medio de vida, deben pagar las grandes facturas de la atención médica: el gobierno chino sólo cubre la atención básica y las empresas rara vez ofrecen una indemnización por enfermedades profesionales.

Los pocos cientos de familias de Shuangxi, en la provincia de Hunan, están casi todos afectados. Los pacientes mueren uno tras otro, inexorablemente.

El destino preferido de los hombres de Shuangxi era Shenzhen, ciudad en auge económico, cerca de Hong Kong. Allí, trabajaron taladrando en los remolinos de polvo antes que los dinamiteros colocaran los explosivos para excavar los cimientos. Con la única protección de mascarillas de tres centavos.

El peligro mortal apareció al final de la década del 2000, cuando uno tras otro estaban demasiado débiles para trabajar y el primer trabajador murió.  

En 2009, tomaron la valiente decisión de ir a Shenzhen a pedir una indemnización, organizaron manifestaciones sentadas que les ganaron el apoyo de la población.

Después de meses de negociaciones, muchos recibieron del régimen chino entre 70,000 y 130,000 yuanes (11,000 a 21,000 dólares).

Pero en el resto del país, según estimaciones, sólo del 10 al 20% de las víctimas de neumoconiosis recibieron indemnización. Para la mayoría, cuando la enfermedad se manifestó, ya había perdido sus puestos de trabajo, las empresas cerraron o cambiaron de manos o se niegan a reconocer sus errores.

El dinero de la indemnización se va rápidamente en los cócteles de medicamentos, los respiradores artificiales o frecuentes hospitalizaciones.

Fuente: AFP