David Wu, Epoch Times

Ji Gong (1130-1270) nació en una familia acomodada durante la primera parte de la dinastía Song del Sur (1127-1279). Sus padres murieron cuando tenía 18 años, se convirtió en novicio (o joven monje) en el templo Lingyin, monasterio budista de la ciudad de Hangzhou. Se le dio el nombre de Dao Ji, que significa literalmente “ayudar y ofrecer salvación a la gente gracias a la ley del universo”.

Ji Gong, monje legendario y excéntrico de la dinastía Song. (Imagen: Yehuan Fang/ Epoch Times)

Como novicio, Ji preparaba las comidas para los otros monjes del monasterio. Trabajaba duro sin descanso, sin embargo, a diferencia de otros monjes, era descuidado en el vestir y en ocasiones comió carne. Una vez, tomó y vendió ropa muy cara que pertenecía a otro monje. Rápidamente se dio a conocer por su naturaleza excéntrica que molestaba a otros monjes. Su temperamento le valió el apodo de “Ji el monje loco”.

Sólo el viejo abad notó la calidad innata de Ji, lo protegía en secreto para que no lo sacaran del monasterio, él lo llamaba Ji “el monje loco de alegría”. A pesar de su original personalidad, Ji era sincero, de gran corazón, y un discípulo erudito en las enseñanzas budistas.

Era conocido por ayudar a los necesitados, protegiéndolos del peligro e incluso salvar sus vidas. La gente lo llamaba Ji Gong, o “Maestro Ji”, muchas leyendas populares chinas describen sus diversas hazañas. Por lo general se le representa como un monje vestido con harapos, sonriente, sosteniendo en la mano izquierda un abanico roto de palma capaz de hacer magia, y en su mano derecha un calabazo con vino o unas cuentas de oración budista o a veces una silla de paja usada.

Sacar troncos de un pozo

Una historia popular cuenta como Ji Gong lanzó troncos fuera de un pozo usando poderes sobrenaturales. Se iba a construir un templo en Hangzhou, pero escaseaba la madera. La mejor madera se podía encontrar en la provincia de Sichuan, a unos 1,500 kilómetros. Los monjes estaban desesperados.

Pero eso no detuvo a Ji Gong. Él usó sus poderes para sacar troncos de uno en uno fuera de un pozo. Los monjes los apilaban, y antes de que el monje encargado de contar los troncos tuviera tiempo de gritar “¡ya basta!”, Ji Gong ya había sacado otro, se detuvo al oír el grito del monje. Se dice que el último tronco quedó medio sumergido en el pozo. Las siguientes generaciones construyeron un pabellón encima y lo llamaron “el pozo de la tele transportación divina”.

La pareja de ancianos de la calle del Abanico

La calle del Abanico nos cuenta una historia diferente de Ji Gong. Era una vez una calle sin nombre en la que vivían muchos pobres. Había entre ellos, una pareja de ancianos que tenían una tiendita donde fabricaban, reparaban y vendían abanicos, pero no sacaban provecho y a menudo pasaban hambre.

Un día, un pobre monje vestido con harapos entró en la tienda y dejó su abanico para que la vieja pareja lo reparara. El anciano miró el abanico roto y con una sonrisa amarga se dio cuenta de que estaba muy dañado para repararlo. Antes de que pudiera decir nada, el monje se había ido. Ellos sintieron simpatía por el pobre monje y, aunque muy pobres, decidieron sustituir el abanico por uno nuevo sin decirle nada.

Cuando el monje volvió dos horas después, la pareja de ancianos le entregó un abanico nuevo. El monje estaba muy sorprendido y dejó el dinero de la reparación. Después de salir de la tienda, el monje voltea y le susurra algo a la puerta con una sonrisa.

La pareja de ancianos se dio cuenta enseguida que una copla de poesía apareció en la puerta diciendo: “La excelencia de un arte nace de una dura labor y de un corazón bondadoso”, y “un bello abanico saca fortuna y suerte de un artesano”.

La historia se difundió y muchas personas comenzaron a visitar la tienda, el negocio de la vieja pareja prosperó y ya no tuvieron que preocuparse por el hambre.

La gente finalmente se dio cuenta que el monje era Ji Gong y la calle se llamó “la calle del abanico”.