Prof. Jean Félix Benoit

En esta campaña electoral que pasó en Haití, opté por ser un observador silencioso, ante la fiebre oportunista de nuestros líderes políticos. Durante el periodo electoral, todos se dieron cita en el espectáculo pagado por la comunidad internacional que observó a sus marionetas ante un pueblo que se deja engañar, sin una idea clara de cómo terminar esta mascarada, que ya duró mucho tiempo ignorando como salir adelante.

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Casi seis millones de electores están empadronados en Haití. (Foto: AFP/ H.Retamal)

También fue una oportunidad para los sabios observadores de divertirse viendo a los políticos rumiar algunas mentiras con el fin de atraer a un electorado que se pregunta cada día: ¿para qué sirven las elecciones? Si nuestro líder sale de las urnas, qué hará ante un derecho corrupto y antinacional, una comunidad internacional cómplice de negociaciones tontas. Varios de estos políticos se quedaron sin partidarios, ahora transformados en candidatos esperando el poder.

Veamos cómo recuperar inteligentemente algunos centavos de estos sinvergüenzas, porque una vez en el poder, no vamos a existir para ellos más que en las próximas elecciones.

¡Es nuestra triste realidad!!

Ahora vamos analizar las fuerzas presentes.

En primer lugar con más de cincuenta candidatos, la situación no podría ser más confusa que los propios candidatos. Hombres que vienen del mundo tradicional, pasando por ex criminales notorios de los antiguos regímenes, el movimiento GNB, otros del movimiento Lavalas pasando por Preval, para culminar con varios partidos políticos o partículas políticas que no tienen base social, y que comparten la misma individualidad inmediata. En resumen, un lumpen dividido en letrados y analfabetos en un país donde cada uno por su lado, confirma la ideología dominante en todos los niveles de la sociedad.

Sin embargo, en este marasmo político, se encuentran los que afirman ser de derecha o de izquierda. Pero sólo para conseguir un espacio dentro del aparato estatal, donde únicamente el monto de un cheque marcará la ideología.

Ante tal escenario, el pueblo que no quiere ser el eterno perdedor, se afirma en sus diferentes facetas; a veces como candidato, jefe de campaña o seguidores interesados. La cuestión es no salir con las manos vacías.

Pero en este océano lleno de tiburones, no debemos ser ingenuos. Nuestros oligarcas se han replegado al lado de los ganadores potenciales. Están allí como partidarios económicos, analistas políticos, son miembros ya de la oficina privada del vencedor del escrutinio o el seleccionado de esta traición planeada.

Lógicamente, un pragmático puede tacharnos de extremistas o de no saber lo que queremos. Aparentemente puede que tenga razón. Sin embargo, si es de buena fe y da un vistazo a nuestra historia contemporánea, se dará cuenta que la solución es volver a las formas de organización de los años 80 y 90, con base en el análisis objetivo de las circunstancias, y en una organización política con fundamento en los intereses de las masas.

Una organización capaz de trascender los errores de los años 90, cuando muchos decidimos apoyar a Titide, o mantener un radicalismo que llevará a la proliferación de una clase media de las ONGs, o una nueva diáspora de ex militantes frustrados y aislados rumiando un nacionalismo confuso.

Sinceramente, creemos que todos los que tuvieron el coraje de ser fieles a sus ideales durante estos años, pueden unir fuerzas con los jóvenes de hoy, en un ambiente respetuoso para iniciar el debate sobre el futuro de nuestro país dejando el dogmatismo, donde las ideas se discutan sin animosidad, donde los argumentos se escuchen sin denigrar a su interlocutor.

Las redes sociales son útiles para comenzar esta iniciativa, porque nuestra prensa trasmite la propaganda de las grandes potencias. Hoy en día, si se quiere tener presencia en los medios de comunicación, debe firmar un cheque por cada hora de TV o página de periódico.

No nos deben sorprender los resultados de la jornada electoral. Seamos inteligentes. Hay que economizar fuerzas y energía para prepararnos hacia una clara victoria, ya sea electoral o de otro tipo.