Migrar para volver a casa

Por: Sandra Rodríguez

La Gran Época, México

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Un conserje limpia la sala de sesiones de jurados en el juzgado del condado del Bronx. (Foto: Michael Appleton para The New York Times

Al viajar salimos de nuestra zona de confort y experimentamos cosas nuevas: olores, sabores, sensaciones y realidades. A pesar de lo bueno, lo malo y lo feo los rostros sonrientes prevalecen sobre los fríos, las palabras cálidas sobre las secas y los atardeceres sobre el cansancio.

Cuando se deja el hogar se tiene miedo por lo desconocido, por lo que pueda pasar, pero al mismo tiempo hay cierta emoción que se alimenta de este temor que nos empuja a tomar el riesgo. Sin embargo, cuando hay que dejar el hogar porque no hay más alternativa, el miedo es enorme, las expectativas aumentan y la realidad golpea más fuerte.

Ser diferente es como andar a tientas en un mar de personas que saben que no somos como ellos y a veces eso puede ser aterrador. Hay miedos y prejuicios de ambos lados. Nos espanta lo diferente y vemos al otro como un extraño fuera de este mundo; del otro lado, él piensa exactamente lo mismo. Nos asaltan las dudas y ellas se alimentan de los comentarios malintencionados, de las falsas informaciones de los medios, de las malas experiencias y del miedo fortaleciendo así nuestra ignorancia.

Perder es el mayor temor frente al que es diferente. Pero en realidad ¿qué perdemos al conocer al otro? Muchos argumentan que la migración es negativa para el desarrollo de un país y que amenaza su dinámica de crecimiento afectando el empleo. En todos los países que he visitado se repite esta fórmula y en todos se repite la misma realidad: un migrante toma siempre los empleos que los locales no quieren porque son trabajos de bajo estatus o mal remunerados, sin embargo, los locales les acusan de robarse los empleos que les corresponden.

En primera instancia se debe tener en cuenta la situación de pobreza, la crisis económica, la dinámica de los mercados y los desastres naturales, así como los conflictos internos, la violencia y la radicalización de políticas de estado que conllevan a más impuestos y menos valor adquisitivo del ciudadano promedio. Todos en Latinoamérica nos hemos visto de un modo u otro tentados a salir del país para buscar otros horizontes y mejores oportunidades que no tendremos en casa, sin embargo, cuando alguien cruza nuestra frontera, el rechazo es inminente. Los comentarios a la defensiva y querer evitar conocer la historia del otro forman la barrera que impide comunicarnos y entendernos.

¿Qué haces aquí? ¿Viniste a trabajar? ¿Hace cuánto que estás aquí? ¿Por cuánto tiempo te vas a quedar? ¿No hay trabajo en tu país? ¿Todavía se puede trabajar en tu país? Las preguntas salen con temor de sus bocas porque no quieren contar a uno más. Pero hay una pregunta que escuché en Alemania y que no olvidaré ¿Por qué aquí? ¿Por qué no te vas a otro país? La molestia de ver a otros luchar por sus esperanzas y sueños es algo que a muchos les hace caer la máscara de buen samaritano y desvela su odio por lo que no quiere conocer y su cobardía por no atreverse a arriesgarse a algo así.

Al contrario de lo que muchos piensan, los migrantes dinamizan el mercado no porque tomen los empleos existentes sino porque los crean ya que muchos de ellos abren sus propios negocios generando puestos de trabajo incluso para los locales.

Por otro lado, un migrante no ha representado ningún gasto para el Estado, como ciudadano no recibe subsidios o salud y educación gratuita. ¿Cuánto cuesta un ciudadano promedio desde que nace hasta que empieza a trabajar en su país? ¿Cuántos ciudadanos promedios pagan sus impuestos y se mantienen al día con sus obligaciones? Las tasas de evasión son altísimas en Latinoamérica y curiosamente los migrantes son los primeros en pagar sus obligaciones para no ser deportados.  La tendencia se repite en Europa y Estados Unidos.

Naturalmente también hay gente poco honesta y que sale solo porque delinquir parece más rentable en otro lugar, pero de esos hay pocos y de todas las nacionalidades. Son pocos en comparación con los miles que luchan cada día por un mañana mejor, lidiando con el miedo, el rechazo y el desprecio.

El miedo a la migración alimenta fobias y tendencias sociales muy nocivas como la xenofobia y el racismo, así como el elitismo y hasta el machismo. Estas se meten en la psique del colectivo y llegan a enraizar conductas incomprensibles como los ataques verbales, los golpes y hasta el asesinato o el abuso sexual. Comprender que la diferencia es diversidad y que esta es parte vital de la esencia del ser humano es indispensable para derrocar los muros de la intolerancia y más en Latinoamérica, en donde nos llenamos de orgullo por ser un pueblo grande, único y diverso, pero al parecer solo de boca para afuera.

¿Qué he aprendido de los migrantes? La capacidad de sonreír, de enfrentar a la adversidad con optimismo y de salir adelante así cueste mucho y duela. Lo vi reflejado en las lágrimas de una venezolana amable y dulce que dejaba Chile después de un malentendido en su trabajo y que mandaba mensajes optimistas a su hijo en Colombia para que siguiera luchando porque a pesar de todo, ella se mantenía firme en su meta: migrar de nuevo esta vez a Ecuador, para algún día poder volver a casa.

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