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Bogotá en bicicleta: ¿la dictadura en dos ruedas?

La capital suramericana ha sido conocida desde los años 80s como una ciudad amante de la bicicleta, lo que hace pensar que la infraestructura, la planeación, la seguridad y el acompañamiento a los “bici-usuarios” son de primer mundo y que, por lo tanto, es seguro y eco-amigable, pero en realidad no es así.

Por Sandra Rodríguez

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(Foto: bogota.gov.co)

El actual alcalde de Bogotá, Enrique Peñalosa, declaró a la ciudad como “la capital mundial de la bicicleta”, lo que ha creado diversas reacciones en pro y en contra. Muchos usuarios de las ciclo-rutas se quejan por el mal estado de estas, su pésima planeación y la falta de iluminación de varias rutas en las horas de la noche. La personería de Bogotá reveló que el hurto de bicicletas tuvo un incremento “del 429%, motivo que en los primeros tres meses de 2019 ha dejado como saldo la muerte de 15 personas”.

El ente de control también informó que… “en cuanto al control a establecimientos de compra y venta de bicicletas no existen cifras ni elementos de juicio que permitan determinar la efectividad de la medida. Tampoco hay indicadores de evaluación de resultados, ni referentes para implementar medidas de mejoramiento”. Por otro lado, hay una medida llamada “registro único de bicicletas” que es voluntario y se sugiere que para mejorar su efectividad debería hacerse desde su fabricación, importación y distribución. Hay 13 mil 8 bicicletas inscritas y 25 mil 902 bici-usuarios, lo que implicaría un gran volumen de bicicletas robadas rodando por la ciudad.

El tema de la bicicleta como medio de transporte masivo ha sido muy controvertido en la ciudad. Al principio, parecía ser una excelente solución al caos vehicular que sufre la capital, ofreciendo una alternativa “limpia y ecológica” amigable para todos. Sin embargo, la realidad es otra. Han surgido nuevos problemas de movilidad y seguridad que ponen en entre dicho tal premisa. No solo las muertes por atracos han aumentado, sino también, la cifra de accidentes y víctimas fatales. Y este aspecto, es el que más polémica ha suscitado en la opinión pública. Para nadie es un secreto que la falta de civismo y de educación vial hace del caos vehicular en Bogotá una pesadilla. El problema no solo implica a conductores privados y de transporte público, sino también a usuarios de motocicletas y bicicletas, y naturalmente peatones.

Con el aumento del número de bicicletas, ha aumentado exponencialmente los accidentes de tránsito, pues no hay una regulación que controle a los bici-usuarios, lo que permite que muchos de ellos tengan un comportamiento bastante reprochable en las calles. En primera instancia, se supone que es obligatorio el uso de chaleco reflector y casco para la propia seguridad del usuario, pero la mayoría de estos no lo hacen, aludiendo a su “experiencia de libertad con la bicicleta” o a tener “experiencias extremas”.

Y es que dicho discurso de “la libertad de andar en bicicleta” ha generado una serie de malinterpretaciones por parte de estas personas, que a su vez han llevado a un total caos en la ciudad. Por un lado, muchos de estos bici-usuarios deambulan por avenidas y calles principales en medio de los buses sin ningún tipo de protección; no llevan ningún tipo de señalización como luces reflectivas, muchos no tienen espejos, ni campanilla. Como hacen parte del tráfico, es muy común que en medio del “zigzageo” queden en puntos ciegos para los conductores de automóviles, lo que ocasiona roces, peleas, pequeños choques e incluso accidentes graves.

Es común ver bici-usuarios yendo por toda una avenida en la que hay una ciclo-ruta exclusiva para ellos. Las excusas son muchas, pero el riesgo siempre es el mismo; un posible accidente grave. Los usuarios afirman que las ciclo-rutas están en muy mal estado, sin embargo, las calles también y el riesgo de toparse con un hueco o una piedra aumenta exponencialmente el riesgo de accidente.

Aquellos que utilizan las ciclo-rutas no son en su mayoría usuarios cinco estrellas: se cierran el paso, se acosan, van sin casco, ni protección, invaden las aceras, se van en grupos “haciendo visita” provocando embotellamientos y choques entre ellos mismos en las ciclo-rutas.

Vivo en la avenida arteria más importante de la ciudad, la carrera 30 o NQS, y paralela a esta hay una ciclo-ruta. La falta de cultura, civismo y ley para regular el uso de estas vías se puede apreciar cada día en las horas pico. Las ciclo-rutas fueron construidas sobre las aceras, lo que le quitó espacio para caminar a los peatones. Muchas veces caminar por el sector es un acto de alto riesgo, pues la acera a veces es apta para un solo peatón y si usted se topa con otro de frente y quiere dar espacio se corre el riesgo de ser atropellado, o al menos insultado, por un bici-usuario.

Algunos paraderos de buses fueron instalados justo al lado de árboles y lo único que hay en la acera es una ciclo-ruta, por lo tanto, el peatón no puede ni siquiera bajarse del bus. Y así haya espacio, muchos bici-usuarios aman las carreras a toda velocidad por las aceras, así que mejor andar con mil ojos antes de ser arroyado.

El problema no para allí. Hay lugares en la ciudad en las que ya no se puede caminar tranquilamente. En la zona de los parques, como el parque metropolitano Simón Bolívar, y los centros de alto rendimiento, se ha vuelto un suplicio caminar. No importa si hay acera y ciclo-ruta bien delimitados; hay bici-usuarios que no respetan la señalización e irrumpen con la bicicleta a gran velocidad. Alguna vez caminando a la biblioteca Virgilio Barco, un señor mayor, nos invistió con la bicicleta y nos insultó a pesar de que el paso de la biblioteca es peatonal.

Estas escenas se repiten cada día también en los puentes peatonales, bicicletas a todo dar que cortan el paso a los peatones y dejan a más de uno con el corazón en la mano. Sin embargo, nadie controla, regula, multa o castiga a los infractores. Muchos ya han sido víctimas de atropellos con bicicletas, pero por falta de leyes no se les puede judicializar.

Hay otro comportamiento que preocupa muchísimo y que hace que los conductores tengan incluso miedo de los bici-usuarios: ir en contravía. A muchos de los bici-usuarios bogotanos les importa poco respetar el sentido de las calles y de las avenidas. Cada vez más de estas personas se van en contravía en calles principales, provocando que los conductores tengan que frenar de repente. Pero para tener “más libertad en la bicicleta” los bici-usuarios no paran allí. No respetar los semáforos en rojo es un deporte extremo muy de moda entre muchos de los amantes de la bicicleta. Si usted es peatón en Bogotá, no se fie del semáforo, abra bien los ojos porque el rojo no vale para las bicicletas. Escenas como estás son ya pan de cada día en Bogotá.

Para completar el cuadro del caos capitalino, cada vez más calles pierden un carril en favor de lo bici-usuarios. Si la calle tenía dos carriles, ahora solo cuenta con uno, y los embotellamientos y las esperas en los semáforos son aún peores. La gente cada vez pierde más tiempo en “trancones” porque ya no hay vías suficientes para los automóviles y buses.

Personalmente, he sido atropellada en dos ocasiones por bici-usuarios. Una vez me topé con un fan del deporte extremo de “cométe el semáforo en rojo y métete en contravía”. La otra ocasión, un bici-usuario me invistió por detrás en una esquina. De los dos accidentes salí ilesa, pero un amigo que venía a casa no tuvo la misma fortuna. Justo en frente de mi puerta fue arroyado por un bici-usuario, lo tiró al piso y le raspó la mano. No hubo detenido, ni policía, ni protocolo. Mi amigo tuvo que ir a la farmacia más cercana para que le curaran su herida.

Quejas de amigos y conocidos son cada vez más frecuentes: ya no se puede caminar tranquilo ni por la calle, ni por los parques, ni por el camino a casa, muchos hablan ya de bici-nazis. Para mí personalmente es un suplicio sacar la basura en frente de mi casa. Debo ver con mucho cuidado que no venga una bicicleta fantasma que me arroye o que me insulte.

Para culminar la lista infame de la que llamo “dictadura de la bicicleta”, hay que hablar de RAPPI, una empresa colombiana de reparto de comida en bicicleta, algo parecido a UBER eats. Bogotá está inundada de bicicletas RAPPI y estas son las protagonistas de la gran mayoría de “encontrones” y choques entre conductores, peatones y bici-usuarios. No hay semáforo que los detenga, ni vía que los prevenga.  Mucha gente denuncia haber sido atropellada o envestida por los empleados de RAPPI.  Las condiciones de trabajo y la competencia entre los “bici-tenderos” es tan fuerte, que los problemas de convivencia vial y accidentes han aumentado y están a la orden del día. Tanto es así, que en Argentina RAPPI ya enfrenta varias demandas y está en riesgo de ser expulsada.

La imposición de la bicicleta como supuesta solución a la crisis vial de una ciudad como Bogotá es simplemente una forma de mantener a las personas enfrentadas unas con otras. Los bici-usuarios creen que son superiores a los demás habitantes de la ciudad. La verdad es que tal moda impuesta por una alcaldía ineficaz y corrupta está llevando a la ciudad a problemas más profundos y complejos. Una ciudad que necesita urgente nuevas vías no puede darse el lujo de ceder carriles a las bicicletas, ceder dinero para construcción de ciclo-rutas y permitir tales actos de anti-civismo.

Bogotá necesita urgentemente un metro, un mejor sistema de buses limpios, una verdadera organización y control de horarios y rutas que no obligue a la gente a arriesgarse a subirse a una bicicleta sin ningún control. En una ciudad donde reina el caos, los embotellamientos y la intolerancia, optar por una bicicleta puede ser fatal. Urge infraestructura, maya vial y leyes que regulen la circulación y una sana convivencia para todos.

Una ciudad en progreso debe ser capaz de proveer un sistema masivo de transporte seguro para sus habitantes. Los buses y los trenes son una excelente solución para tal problema, no una serie de ciclo-rutas mal diseñadas con usuarios que van sin Dios ni ley, porque viven muy lejos y deben hacer trayectos ridículamente largos. Con la excusa del desarrollo sostenible no se puede pretender someter a los habitantes a una bicicleta. Se necesitan soluciones verdaderas que no les quiten la dignidad a las personas ni entorpezcan la convivencia.

La empanada más cara del mundo

La empanada más cara del mundo

En Bogotá, Steven Claros, un abogado de 22 años, tuvo que pagar la empanada más cara de la historia. Un hecho que indignó a la ciudadanía.

Por: Sandra Rodríguez

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Foto: YouTube, captura de pantalla

Luego de su jornada laboral, Claros como de costumbre, se dirige a un puesto de comida ambulante cerca de su trabajo para comerse una empanada con sus colegas. El joven abogado se percató de que estaban siete policías observándolo y grabándolo en la calle sin decirle, ni advertirle nada. Al joven le pareció extraño, pero decidió comer su empanada. No había terminado de comerla, cuando los policías se les acercaron y les pidieron sus cédulas de ciudadanía, y luego uno de ellos le dijo que lo que había hecho era un delito que atentaba contra el nuevo código de policía y que debía pagar una multa.

Cuando el joven le preguntó a qué delito se refería, el policía afirmó que él promovía las ventas ambulantes y que eso era causal de delito; comprar una empanada en la calle es un delito. Los otros policías se apresuraron a dar apoyo a su compañero ante el “peligroso” comedor de empanadas que no salía de su asombro. En medio de su sorpresa, le informaron que debía pagar $834mil pesos, un promedio de 265U$.

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Foto: Facebook

La vendedora del puesto no podía creer lo que estaba pasando y el joven, en medio de su indignación, decidió denunciarlo ante redes sociales y medios. Claros afirma en tono irónico: “Era un pastelito de pollo, pero creo que tenía huevo de avestruz”. Otras tres personas fueron multadas de igual manera y la policía sustenta esta increíble escena con el artículo 140 del Código de Policía, en su numeral 6, en el que se castiga a las personas que “incentiven el uso o invasión del espacio público.”

El abogado solo gana un millón doscientos mil pesos y con esta multa no podrá pasar este mes y pagar sus obligaciones. Es ridículo que, por el hecho de comer una empanada en la calle, el comparendo impuesto sea de tipo 4; ni siquiera la multa de tránsito más grave llega a ese precio.

Este hecho de por sí absurdo y fuera de proporción ha desatado todo tipo de reacciones entre los ciudadanos. El representante a la cámara por Bogotá, Inti Asprilla, organizó un video en vivo por Facebook y se paró en una calle del norte de la ciudad a comprarle a un vendedor una empanada recién hecha junto con dos de sus colegas.

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Memes-fuente Facebook

El representante denunció lo injusto y risible del hecho e instó a los ciudadanos a buscar a los vendedores de empanadas y hacerles una compra y luego tomarse una foto y publicarla en redes sociales. Muchos apoyaron la protesta y se tomaron la foto pidiendo por “la legalización de la dosis personal de empanada”. En este video, el político, aclaró que él fue parte del equipo que estuvo encargado de la redacción del nuevo código de policía y que por ello tenía conocimiento claro del hecho y que, por lo tanto, lo que se le impuso a Claros era injusto y salido de toda proporción.

Mientras Asprilla y sus compañeros se comían su suculenta empanada, le increpaban a la policía ante su móvil: “señores, si esto es un delito, múltennos, quiero ver esa multa en el congreso. La estaremos esperando”. “Apoyar a un vendedor ambulante no es un delito y esa multa es injusta”. Luego hablaron un poco con el vendedor. El sospechoso vendedor de estos alucinantes manjares fritos contó que venía de Venezuela y que su receta venía de la costa atlántica colombiana y que por eso estaban tan ricas.

Mientras tanto, miles de seguidores mandaban sus mensajes de apoyo y le advertían a Asprilla de la multa tan cara que le iban a mandar a su oficina. Otros hacían bromas, pero todos pedían por la libertad de comer lo que uno quiera en la calle sin ser mancillado por policías ineptos.

Otros apuntaban que los mayores consumidores de los grasos, pero sabrosos amasijos, son justamente los mismos policías y que por eso no tenían ningún rigor moral para multar a ciudadanos que quieren pasar el hambre de la tarde con una empanada calientita y con un buen ají picoso.

Muchos llegaban a la conclusión de que las ventas ambulantes, si bien es cierto que afectan el espacio público, son el único sustento de miles de familias en el país para poder subsistir y que, si no hay creación de trabajos formales por parte del Estado, los ciudadanos más vulnerables deben recurrir a la venta callejera de empanadas, perros calientes, arepas, café, pizzas, etc. Uno de ellos escribió: “Si yo no tuviera trabajo y viera a mis hijos pasar hambre, lo primero que haría, sería vender empanadas”.

Invadir el espacio público no es en sí un delito y aunque en teoría es una falta contra la convivencia ciudadana, muchos prefieren ver la calle llena con gente ganándose la vida humilde y decentemente y no robando. Las ventas ambulantes de comida son un fenómeno generalizado en todas las culturas que data desde el inicio mismo de la civilización. En las grandes ciudades Estado y las capitales de los imperios era común ver vendedores de comida, especias, perfumes, telas y demás mercancías. En los tiempos del imperio romano, los vendedores se agolpaban a las puertas del coliseo a esperar a sus hambrientos comensales, tal y como hoy sucede a las puertas de muchos coliseos, salas de conciertos, estadios y hasta salas de cine en las ciudades y pueblos.

La desfachatez de dicha acción policial es defendida, sin embargo, por la institución, al alegar que solo cumplen con su deber, sustento que es despedazado en redes con argumentos como “dejaron pasar un carro-bomba en la escuela de policía, pero no dejan pasar a un chico comiendo empanada”. Este reclamo contundente es una fuerte crítica a lo que la policía etiqueta como prioridad, pues hace unas semanas un carro/coche bomba entró como “Pedro por su casa” a la Escuela de Policía General Santander en Bogotá matando a 22 cadetes y dejando heridos a 87 según algunas fuentes.

La investigación del espantoso hecho se ha perdido en un sinfín de inconsistencias como, por ejemplo: la camioneta Nissan entró sin ningún problema porque la reja de la entrada custodiada por un solo efectivo estaba averiada. Supuestamente el terrorista, un cabecilla del ELN, a quien le faltaba la mano derecha aceleró y maniobró en U a 360km/h dentro de la escuela y no recibió ningún disparo, todo esto sucedió en tres minutos. Tres minutos en los que era posible reaccionar y no se hizo nada. El ELN solo se atribuyó el hecho días después sin comunicado oficial, como suele dirigirse al país y el culpable recuperó luego de su inmolación en perfecto estado su mano derecha, tan evasiva en vida. Incluso la agencia francesa AFP luego de recopilar la información dada por el fiscal Néstor Humberto Martínez y las contradicciones con la versión del ministro de Defensa, llegó a la conclusión de que, dicha bomba fue un auto-atentado que subió la popularidad del presidente Iván Duque en cuestión de días.

Si la policía no es capaz de salvaguardar la seguridad de sus propios estudiantes y futuros miembros en sus propias edificaciones, ¿cómo se atreve a multar a un ciudadano por comer una empanada en la calle de esa manera? ¿Cuáles son las prioridades de esta institución? ¿Imponer miedo y restringir las libertades individuales del ciudadano son ahora su misión? Sin embargo, de lo malo, siempre sale algo positivo y es que, por redes sociales, muchos ciudadanos están buscando a Claros para hacerle donaciones para pagar la absurda multa. Solidaridad ciudadana en su más pura expresión.

La empanada a estas alturas ya no solo es un símbolo de la gastronomía criolla sino también un símbolo de solidaridad y resistencia contra las injusticias de las autoridades.

De Venezuela para un mundo mejor… sin carne

Por: Sandra Rodríguez

La Gran Época, México

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Miguel Hurtado en su restaurante de Bogotá. (Foto: Sandra Rodríguez)

Miguel, cuéntele a LGE un poco más de usted

Mi nombre es Miguel Hurtado, venezolano, de 34 años de edad, nacido en la ciudad de San Cristóbal en el Estado Táchira de mi tierra Venezuela, de papá colombiano y mamá venezolana, y pues vengo de allá.

Debido a la coyuntura actual que atraviesa Venezuela, ¿por qué decide finalmente abandonar su país?

Pues la decisión de abandonar mi país…primero la política, totalmente, un caso que todo el mundo sabe, no hay que ocultarlo, y segundo por un mejor futuro, porque siendo profesional de tres carreras, todavía joven con 34 años de edad, pues ya lo había logrado en mi país; ser emprendedor. Emprendí un negocio gastronómico que es mi rama, pero la situación me llevó tanto a esto… y tengo el beneficio de también ser colombiano, por papá colombiano, ya desde niño conociendo el país, entonces, ¿por qué no hacerlo aquí en mi segunda casa? Por eso fue la decisión de venirme a Colombia.

¿Por qué vio en Colombia la oportunidad para hacer este nuevo proyecto?

Colombia, porque Colombia a pesar de que gastronómicamente no es tan sonado a nivel mundial, pues el profesionalismo y la competencia que existe aquí por la diversidad cultural que también hay, fue lo que me llevó a que, primero, no tomar para Medellín, que es esa ciudad que me ha llamado tanto por familia como por cultura, sino a Bogotá, porque Bogotá tiene aún más diversidad cultural, y eso, aquí hay una competencia sana, que te hace o te motiva a ser mejor, a hacerlo bien y a ofrecer un buen servicio, que en mi caso es la cocina.

¿Cómo le ha parecido la escena gastronómica aquí en Bogotá?

Genial. Muy culta por la parte profesional, así también el consumidor, genial porque en esta propuesta que tengo que es Garageveg, he atendido clientes de todos lados del mundo, a pesar de que llevo tres meses nada más aquí y pues me siento súper agradecido porque todos aceptan lo que se está haciendo y en este caso que es la cocina vegana.

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Miguel Hurtado (Foto: Sandra Rodríguez)

¿Y por qué justamente una propuesta de cocina vegana?

La cocina vegana pues primero que todo, lo leí en una pregunta que me hiciste que era, que sí era un proyecto, yo no lo veo como un proyecto social, a la cocina vegana, sino más bien como una responsabilidad social. ¿Por qué como responsabilidad social? Porque como cocinero y como consumidor que soy, la involucración del producto de origen animal, tanto como los hidrocarburos, como la manufactura, crea o está creando una contaminación ambiental importante. Entonces, ese proceso de poder generar los alimentos envasados, los embutidos, todo eso que se está generando porque el consumo es tan grande a nivel mundial en la actualidad, que genera mayor contaminación tanto por el plástico, como por el aluminio, como por el icopor…todos esos componentes que hacen llegar el producto a la casa de los consumidores. Entonces es como eso, concientizar y fomentar, mas no explotar, más bien fomentar lo que es la cocina vegana y exponer el porqué.

¿Qué les diría a las personas que creen que los veganos no obtienen la suficiente proteína, que tienen una mala nutrición o que tiene deficiencias alimentarias, qué tan cierto es eso? ¿Es un mito?

No, no. Eso es un mito totalmente porque vegetalmente tenemos productos como los fríjoles o los granos, la soya, que tienen un alto porcentaje de proteína que ya está estudiado, que ya los científicos lo han determinado, entonces la nutrición no necesariamente debe partir de la alimentación de origen animal. Bien sea carne, lácteos o huevos, porque lo podemos suplir totalmente y lo vas a agradecer en el organismo, suplir estos por lo de origen vegetal. Primero, la energía que esto te aporta, lo sientes de una vez y segundo, el cambio físico, y la pesadez la pierdes por completo.

¿Hace cuánto es usted vegano?

En transición. Por salud comencé como vegetariano. Sufrí en algún momento del colon, de hecho, por la situación del país, la escasez de alimentos me llevó a consumir muchas cosas que no generaban proteínas, que no generaban lo que necesitábamos, y comenzó toda esa transición. En concientización de lo que realmente está pasando. Primero, en llegar aquí a Bogotá y conocer a tantas personas que sí aportan a lo que es este estilo de vida, porque no es otra cosa más sino un estilo de vida, me llegó y me gustó. Porque los animales están siendo explotados brutalmente sin… ellos no tienen una forma de expresar que están siendo maltratados, que los estamos usando y ya. Y pues de ahí nació todo esto.

¿Cuál es el proyecto a futuro con respecto a toda esta corriente del veganismo?

En mi caso, yo tengo un proyecto personal. Mira, tengo un gran amigo que vive en la ciudad de Nueva York, en EE.UU. Él es pintor, él hace otra cosa totalmente distinta a la mía. Y él está ayudando a nuestros compatriotas que están saliendo del país por la situación que se está viviendo con una semana de trabajo. Él tiene contactos, conocidos en varias ramas de las artes y la gastronomía y ayuda a estas personas a conseguir un trabajo temporal. Entonces, primero, en mi rama quiero ayudar de esta misma forma a mis compatriotas que llegan aquí en el restaurant y seguir fomentando lo que es el veganismo y el porqué, dando talleres, haciendo ferias independientes, involucrando a los demás emprendedores que están en la zona, tanto extranjeros como los locales de Colombia, y segundo, como ya dije apoyando a mis paisanos que vienen sin saber, que vienen aturdidos, porque realmente vienen aturdidos de una situación fuerte, y mostrar que sí podemos, que no estamos trancados, que sí podemos y además con una oportunidad aquí en un restaurant, que es una herramienta que te ayuda a defenderte en cualquier parte del mundo. El saber atender la mesa, el saber cocinar o picar algún alimento, eso te sirve para conseguir un trabajo y empezar una vida en todas partes del mundo. Y pues es lo que quiero hacer.

¿Y cuál es su consejo para las personas que quieren iniciar con este estilo de vida vegano? ¿Qué es importante tener en cuenta?

Un consejo es que se instruyan y que se nutran a través de la lectura y tutoriales que existen a nivel general en internet, primero, sobre el porqué, para que de verdad tengan un sentido de pertenencia a ser vegano. Y que de verdad vean que sí está el impacto ecológico y ambiental, que realmente existe, y lo segundo, el maltrato animal que también existe y pues tercero, que nutricionalmente vas a estar agradecido totalmente y toda la vida, garantizado, lo vas a agradecer.