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Libertad como mito contemporáneo

El arte es considerado como el ideal más cercano a la libertad, pero también revela el estado de cada sociedad tanto actual como antigua

Por: Iván Álvarez

La Gran Época, México

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(Foto: Dominio público)

El mundo del arte ha sido considerado de modo canónico en nuestra cultura occidental contemporánea como el más cercano a la libertad en su más plena extensión, pero también ha sido reconocido como la materialización cultural y civilizatoria que revela el estado de cada sociedad tanto presente como pasadas, así podemos encontrar, una cita bastante reveladora en las primeras páginas del libro Civilización, en la que podemos leer a Kenneth Clark citando a Ruskin: “Las grandes naciones escriben sus autobiografías en tres manuscritos: el libro de sus hechos, el libro de sus palabras y el libro de su arte. No se puede entender ninguno de esos libros sin leer los otros dos, pero de los tres el único fidedigno es el último” a lo que Clark amplia diciendo “En general, yo también lo creo así. Escritores y políticos pueden manifestar toda clase de sentimientos edificantes, pero que no pasan de ser buenos propósitos. Si yo tuviera que decidir quién dice la verdad sobre una sociedad, si el discurso de un ministro de la vivienda o los edificios efectivamente construidos en su época, me fiaría de los edificios”.

Ahora bien, después de esta breve introducción me abocaré al caso de la “obra” conceptual realizada por el costarricense Guillermo Vargas Jiménez, mejor conocido como Habacuc. Su “obra” que alarmó a la comunidad de artistas, ha hecho que medite sobre algunos matices de la anterior cita. En la actualidad que algunos llaman postindustrial,  donde el desarrollo económico se ha globalizado en lo económico, la tecnología es tan exquisita que se puede estar en un instante comunicado con el otro lado del mundo, los liberalismos han roto muchos tabúes y han trascendido muchas restricciones sociales.  Al ver que en una galería en Managua, esta persona presenta una obra conceptual en la cual expone en una pared la frase “eres lo que lees” conformada por croquetas, y a un lado pone a un perro amarrado agonizante de hambre y de sed por varios días hasta su muerte. En una entrevista que se le hace en televisión, aparte de confirmarlo él mismo lo justifica con la canónica libertad del artista (aunque al correr del tiempo la verdad se ha disuelto y se ha dicho que no murió y que solo estuvo amarrado por tres horas) Hay tres puntos que me cuestiono más allá de las terminologías intelectuales.

En primer lugar, el papel de las instituciones que han permitido este tipo de obra. Para dar un ejemplo en nuestro país tenemos el caso del grupo SEMEFO el cual, en un video que les hace el INBA para promover su obra procesual en el Museo Carrillo Gil, se da testimonio de cómo este tipo de personas justifica su trabajo al pasar en la parte inferior una serie de frases que validan su trabajo y una de ellas dice: nada es verdad, todo está permitido. Una máxima que justifica todas las posibilidades de hacer lo que se quiera sin restricción incluyendo las bajezas y esto, como lo señalo, validado por la institución.

En segundo lugar, me cuestiono sobre el hacer y la mentalidad de los supuestos artistas que bajo el estandarte de la libertad y de la crítica social y humana hacen uso de la llamada estética del horror, del asco y de lo grotesco. En el caso del costarricense, se puede decir que no es tan gore como lo que hace SEMEFO, pero es aún más repulsiva su propuesta y solución “artística”. ¿Es el uso de la libertad de expresión, de lo que muchos de los artistas hacen uso, o es el simple hedonismo y ego falto de valores y principios, perdidos en nuestra sociedad de consumo? ¿Tenemos sólidos ejes de valores éticos, morales o espirituales? ¿O simplemente justificamos todo por la pérdida o negación de la verdad (como la anterior cita del grupo SEMEFO), de Dios o de cualquier principio que nos guie por un camino virtuoso?

En tercer lugar, y algo que me llamó mucho la atención de lo que llegó a decir Habacuc, cuando se le cuestionó sobre lo inhumano de su acción, es que los perros mueren en la calle y nadie dice nada, en cambio todos hablan de un perro que muere en una exposición (me recuerda a Duchamp), y además señaló, “nadie hizo nada, por alimentarlo o darle de beber.” Así es como me cuestiono la falta de altruismo o mínimo de una preocupación más allá de las palabras vacías y que me recuerda la cita de Ruskin y de Clark. Esto me hace pensar que en nuestra sociedad hay mucha habladuría como dijera Heidegger, no sólo en la verdad de la palabra sino en la sustancia y sentido que conectan los discursos con los hechos en todos los estratos de la sociedad.

Nuestra sociedad no es esa figura hipotética que Hobbes nos planteaba en su Leviatán, pues no nacemos en un estado natural, nacemos en una nación con complejas interacciones sociales, donde lo que uno hace dentro de esta puede tener diferentes repercusiones y por ende, en este caso le doy la razón a Hobbes sobre el hecho de que hay que buscar la paz y seguirla. Irónicamente  parece que el egoísmo, la pérdida de valores y la apertura de libertades que quizás como sociedad y como individuos no estamos preparados para afrontar y responsabilizarnos de las consecuencias, que en todas partes podemos ver sus diferentes manifestaciones.  Así es como veo que la mitología de la libertad en nuestra sociedad de consumo está fuertemente validada por la industria cultural, pero este no es un fenómeno dado y sustentado solo por los grupos de poder, también ya el psicoanálisis señalaba respecto a la conciencia, la cual es para ellos tan solo la punta del iceberg y por debajo de ella está el inconsciente, en este caso me permito hacer una analogía: lo que se muestra en el arte está dado por las libertades y el uso de estas es la proyección de los principios que validan el hacer de la instituciones  en general y de los individuos en particular, los cuales no son visibles u objetivos pero que tienen plena manifestación y amplias consecuencias no solo en las sociedades, sino también con los demás seres que cohabitan este mundo, desde los microorganismos, pasando por plantas y animales hasta los grandes ecosistemas que nos albergan. Y quizás el desarrollo industrial y la amplia apertura liberal nos ha cegado a tal grado de olvidarnos de la dialéctica: donde hay libertades hay también obligaciones.

La libertad de uno termina donde empieza la del otro. Y por ende la libertad de las civilizaciones en lo individual como en lo colectivo está ligada a una conciencia de los pensamientos y actos, los cuales se reflejan en su arte, economía,  política,  letras y medio ambiente.